La risa de Anne inundó la cocina. Incapaz de mantenerse de pie, se agarró la barriga y se dejó caer al suelo. Joe se apoyó en la encimera y esperó, con una sonrisa, a que se le pasara el ataque de risa. Diez minutos más tarde, su amiga se secaba las lágrimas con el dorso de la mano.
—¿Se te ha pasado ya? —preguntó Joe.
Aunque Anne abrió la boca para responder, solo consiguió echarse a reír de nuevo en cuanto la miró.
—Tu… Tu cara… —Cogió aire y se tumbó en el suelo sin poder aguantarse más—. Estás… Estás…
No acabó la frase y siguió riéndose. Joe suspiró y se miró en el cristal de la ventana. El reflejó le devolvió su propio rostro lleno de harina. Resopló una carcajada y se acercó al fregadero para lavarse un poco. Se secó con un trapo y se agachó al lado de Anne.
