La risa de Anne inundó la cocina. Incapaz de mantenerse de pie, se agarró la barriga y se dejó caer al suelo. Joe se apoyó en la encimera y esperó, con una sonrisa, a que se le pasara el ataque de risa. Diez minutos más tarde, su amiga se secaba las lágrimas con el dorso de la mano.
—¿Se te ha pasado ya? —preguntó Joe.
Aunque Anne abrió la boca para responder, solo consiguió echarse a reír de nuevo en cuanto la miró.
—Tu… Tu cara… —Cogió aire y se tumbó en el suelo sin poder aguantarse más—. Estás… Estás…
No acabó la frase y siguió riéndose. Joe suspiró y se miró en el cristal de la ventana. El reflejó le devolvió su propio rostro lleno de harina. Resopló una carcajada y se acercó al fregadero para lavarse un poco. Se secó con un trapo y se agachó al lado de Anne.
—Mira, ya está —comentó—. Tengo la cara limpia, puedes dejar de reírte. No tengo ganas de llamar a emergencias y explicarles que mi mejor amiga se ha muerto de risa al verme llena de harina.
Anne se sentó, riéndose cada vez menos.
—Es que… ha sido… muy gracioso.
Soltó otra carcajada y Joe enarcó las cejas, divertida.
—La culpa es tuya. Dijiste «Hay que batirlo con fuerza» y fue lo que hice.
—¿Cómo iba a saber yo que tenías tanta fuerza? —exclamó Anne.
Se intentó levantar y Joe le echó una mano.
—¿Quién crees que te metió en la tienda cuando te quedaste frita mientras veíamos las estrellas?
Anne se ruborizó un poco.
—Es verdad. Lo había olvidado. —Carraspeó y se encaró con la encimera—. Será mejor que recojamos esto y sigamos haciendo la masa. Tiene que reposar casi doce horas y si queremos cenar pizza, es mejor que nos demos prisa.
—Espera, ¿cómo que doce horas? —preguntó Joe, atónita—. ¿Tanto avance tecnológico y no se ha inventado nada para acelerar el proceso?
Su amiga se volvió como un resorte.
—Espero que no hayas dicho eso en serio —replicó, indignada—. La masa tiene que tomarse su tiempo, si le echas… potingues que lo aceleren no es el mismo material. Sabe distinto. Sabe mal. —Resopló e hizo una mueca—. Es una afrenta contra la gastronomía. ¡Un atentado culinario! —Se giró para empezar a limpiar el desastre de Joe—. Ya sé que vivimos deprisa porque el mundo nos lo exige, pero de vez en cuando está bien tomarse un respiro.
Joe se acercó a ella.
—Lo siento, no sabía que ese tipo de aditivos cambiaban tanto el sabor de las cosas. Y tampoco quería molestarte.
Ella suspiró y fijó la mirada en la encimera.
—Tampoco es culpa tuya —respondió—. Solo estoy un poco estresada. Fin de año supone muchísimo trabajo y mucha gente me pregunta si no podemos trabajar más deprisa. «Podríais añadir acelerantes a la masa y así venderíais más.» —Puso un tono de voz más grave, como si estuviera imitando a otra persona—. También podría meterte un laxante en el bollito que quieres comprar y así al menos la mierda que tienes que decir sale por el sitio correcto.
Joe no supo si reír o no. Anne no solía hablar así y, cuando lo hacía, le chocaba tanto que le provocaba risa; sin embargo, la situación de la que hablaba no daba pie a ello y se obligó a centrarse.
—Oye…
—Estoy bien. —Cortó ella con suavidad. Respiró hondo y sonrió con cansancio—. Los cretinos que creen que hago esto para hacerme rica me ponen de los nervios. Aparecen muchísimos en estas fechas, quieren tener algo que podrían haber encargado con tiempo. —Hizo una pausa—. A veces desearía no haberme hecho tan famosa, ¿sabes? Tener una pastelería corriente en un barrio corriente para poder tener una vida corriente.
—Bueno, ya lo dice esa película tan vieja, ¿no? —comentó Joe en un tono ligero para aliviar la tensión—. «Un gran poder conlleva una gran responsabilidad».
Anne se echó a reír.
—Ahora resulta que la culpa es mía.
—Obviamente. Si no tuvieras un don para hacer las mejores tartas del universo, no tendrías que lidiar con idiotas.
—Tú sí que eres idiota —resopló Anne, divertida.
—Ah, pero soy la idiota que te ha hecho reír —señaló Joe, orgullosa.
La sonrisa de Anne cambió y Joe quiso interpretar algo más que aprecio en ella.
—Eso es verdad. Siempre me estás haciendo reír.
Joe se encogió de hombros.
—Es lo único que sé hacer: utilizar el humor. Ya sabes que no soy buena con las palabras.
Anne la empujó con el hombro.
—Bueno, eso es lo que tú crees. ¡En fin! Limpiemos esto o no podremos cenar pizza.
Acababan de meter la masa en la nevera cuando el teléfono de Anne comenzó a sonar. Su amiga lo cogió y salió al pasillo para hablar. Joe esperó en la cocina, recogiendo y limpiando lo que quedaba, y se estaba secando las manos cuando Anne regresó.
—¿Va todo bien? —preguntó al ver su expresión ausente.
Su amiga levantó la mirada de su teléfono y se centró en ella.
—Era… mi casero. Han terminado las obras del piso.
Joe sintió que le caía encima un jarro de agua fría. Había olvidado que aquella era la razón por la cual Anne vivía con ella. Y ahora ya no había ningún motivo para que siguieran compartiendo piso. Tragó saliva y asintió mientras intentaba reordenar sus ideas.
—Eso es… Eso es genial, Anne —atinó a decir. Su amiga frunció el ceño de manera casi imperceptible—. ¿Te ha dicho cuándo podrás volver?
—Hoy le darán un último repaso, para limpiar y demás, y mañana podré empezar a llevar mis cosas. —Guardó el teléfono y respiró hondo—. Creo que… Creo que debería empezar a embalar algunas cosas.
—Te echaré una mano.
Les llevó prácticamente toda la tarde meter en cajas las pertenencias de Anne y Joe se sorprendió al ver que eran más de las que esperaba. Solo habían pasado tres meses juntas, ¿cómo era posible que hubiera ocupado tanto sitio? Ni siquiera se había dado cuenta de que había pasado. Miró las estanterías del salón y se le retorció el estómago al ver los huecos vacíos.
«Ni siquiera recuerdo qué había ahí antes».
Suspiró y se sentó en el sofá, cansada. Ya lo averiguaría cuando se encontrase con alguna caja cerrada en los armarios.
Cogió el botellín de cerveza que le ofrecía Anne y le hizo sitio para que pudiera sentarse. Bebieron en silencio durante unos minutos, mientras se hacía la pizza, y Joe decidió romperlo para evitar ahogarse.
—Entonces… ¿Mañana a qué hora quieres que te lleve a casa?
Anne miró su cerveza durante unos segundos antes de responder.
—No tengo prisa, así que cuando nos levantemos y hayamos desayunado. —La miró—. Si te parece bien.
—Claro. Tú marcas los ritmos, bollito.
Su amiga asintió y volvieron a quedarse en silencio. Joe quiso pensar que era porque ninguna esperaba tener que separarse tan pronto, que Anne tampoco quería irse, y sintió ganas de preguntárselo. No lo hizo. Prefería vivir en la incertidumbre antes que enfrentarse a un rechazo. Había tenido muchos con Anne y no quería añadir uno más a la lista.
Se inclinó hacia adelante para encender la televisión y navegó por ella en busca de una película. Tenía claro que era un parche de mierda y que se rompería en cuanto se metiese en la cama, sin embargo, necesitaba distraerse durante el mayor tiempo posible. Ya tendría tiempo de darle vueltas durante la madrugada.
Anne se levantó para comprobar cómo iba la pizza y Joe la siguió, resignada, al escuchar que abría el horno. Cogió un par de platos y se dispuso a abandonar la cocina cuando se dio cuenta de que Anne estaba inmóvil frente a la encimera.
—¿Qué ocurre? —preguntó al ver que estaba mirando la pizza—. ¿Se ha quemado?
Anne se giró con brusquedad y sacudió la cabeza.
—No, no. Está bien.
—¿Entonces? —Joe dejó los platos en la mesa y se acercó a ella—. ¿Estás bien?
Su amiga guardó silencio y centró su atención en la pizza. Suspiró y Joe frunció el ceño, preocupada.
—Voy a echar de menos esto —reconoció Anne en un susurro.
Joe suavizó su expresión y apoyó la espalda en la nevera, a su lado. Sonrió un poco.
—La verdad es que ha estado bastante bien, sí.
—Ha sido como convivir en pareja —dijo con una carcajada—. Solo que sin la parte del sexo.
Joe se rio.
—Bueno, eso tiene arreglo.
Anne se volvió hacia ella, con los ojos muy abiertos, y se ruborizó. Joe palideció al darse cuenta de lo que acababa de decir y se maldijo por ser tan bocazas. Carraspeó y apartó la mirada, nerviosa.
—Perdona, lo he dicho sin pensar. N-no quería incomodarte. Lo siento.
Anne frunció un poco el ceño.
—¿Por qué ibas a hacerlo?
Joe se encogió de hombros.
—No lo sé. No es la primera vez que una mujer se siente así al saber que, bueno, que me gustan las mujeres.
Su amiga parpadeó y juntó aún más las cejas.
—¿Qué tonterías estás diciendo, Joe? —soltó—. Quiero decir, ¡sí, tienes razón! La gente es gilipollas —Levantó los brazos de repente—. Pero yo no. Al menos, intento no serlo. Somos amigas desde que eramos dos mocos y nunca me ha importado tu orientación.
Joe abrió la boca, atónita.
—¿Tú… lo sabías?
Anne resopló, divertida.
—Claro que sí. ¿Te crees que me chupo el dedo? —Hizo una pequeña pausa—. Nunca lo he mencionado porque no quería que te sintieras presionada. Siempre lo has mantenido en secreto, así que estaba esperando a que tú decidieras contármelo.
—Gracias, Anne —murmuró Joe, cohibida de repente.
Ella hizo un gesto con la mano para restarle importancia.
—No hace falta que me las des, cualquier persona decente lo hubiera hecho.
Joe se rio, aún nerviosa. Suspiró aliviada.
—Bueno, pues me alegro no haberte incomodado.
—En cuanto a eso… —Anne cambió el peso de un pie a otro y apartó la mirada—. ¿Lo… Lo dijiste en serio?
—¿El qué? —Frunció el ceño—. ¿Te refieres a mi comentario subido de tono?
Su amiga asintió, roja como un tomate, y Joe sintió que la cara le empezaba a arder. Cogió aire y se mordió el labio antes de hablar.
—Lo decía completamente en serio.
A la mierda con todo. Si Anne dejaba de hablarle por ello, haría borrón y cuenta nueva. Se mudaría a otro planeta, buscaría un trabajo nuevo y empezaría de cero.
—Pero… Yo creía que no era tu tipo.
La mente de Joe cortocircuitó porque no estaba segura de haber oído bien.
—Perdona, ¿qué?
—Que pensé que no era tu tipo.
—Que tú creías que no eras… —Joe no terminó la frase y se obligó a respirar hondo—. Joder, Anne. Aún lo sigues siendo.
Su amiga se encaró con ella.
—¿Y porqué nunca me has pedido salir? —preguntó, indignada.
—¿Por que eras hetero? —preguntó Joe a su vez—. Si hubiera tenido la más mínima idea de que te gustaban las mujeres, te lo habría pedido al momento.
—Espera, ¿crees que soy hetero?
—¡Claro que sí! Nunca hemos hablado de chicas en ese sentido. Jamás me has hecho ver que te gustaban las mujeres, Anne.
—¡No lo hice porque pensé que si lo mencionaba te sentirías presionada a salir del armario conmigo!
Joe abrió la boca, atónita. Intentó vocalizar, sin éxito, y acabó echándose a reír.
—Joder, si es que somos idiotas.
—Sí que lo somos —concedió Anne entre risas.
Joe la miró con atención. Si no había interpretado mal las palabras de Anne, sus sentimientos eran correspondidos, así que aquello daba al traste con su plan de fuga para no tener que lidiar con la vergüenza. Por otro lado, dejaba abierta aún una pregunta.
—¿Y ahora qué?
Anne encogió uno de los hombros y se sonrojó un poco de nuevo.
—Bueno, si mal no recuerdo, alguien se ofreció a solucionar el problema de la ausencia de sexo.
—¿Cómo? ¿Aquí? ¿En la cocina? —Joe sonrió, socarrona—. Vamos a traumatizar a la pobre pizza.
—No, aquí no. —Anne se acercó a ella—. No sé tú, pero yo ya tengo una edad y hay cosas que prefiero hacer en una cama.
Joe le miró la boca y respiró hondo. Colocó una mano en la cintura de su amiga, aún temerosa, y tiró de ella con suavidad. Anne se dejó llevar y cerró los ojos en cuanto notó los labios de Joe sobre los suyos. Y aunque el beso fue lento durante el primer instante, no tardó en volverse más hambriento. Al parecer, las dos habían soñado con esto durante media vida y ahora no podían quitarse las manos de encima.
Tropezaron con casi todos los muebles de camino al dormitorio, riéndose con nerviosismo al tiempo que la ropa caía al suelo. En cuanto estuvieron en la cama, todo fluyó en armonía. Como si fuesen dos instrumentos perfectamente afinados. Y Joe sonrió. Sonrió sobre la boca de Anne, sobre su cuello y sobre el resto de su cuerpo. Dejó que su presencia llenase el hueco que tenía en el pecho desde hacía tantos años. Y, por primera vez, abrió la jaula donde encerraba las mariposas que simbolizaban su amor por Anne. Sin miedo a que muriesen por un amor no correspondido, permitió que volasen libres.
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