miércoles, 31 de julio de 2019

Interdimensional

Género: Ciencia ficción | Palabras: 2278 | Año: 2019 | Sin contenido sensible

Interdimensional fue un relato que envié al III Premio Ripley. No esperaba ser seleccionada y no lo fui (y tampoco pasa nada), mi intención real nunca fue esa, si no la de quitarme el miedo a participar en eventos, a enviar escritos a sitios. Y creo que ha funcionado.

En su momento lo publiqué en un viejo blog y mucha gente lo leyó. Lo había publicado en formato epub/mobi, pero creo que para casi 2300 palabras lo mejor es que esté publicado en el blog, así que podéis leerlo sin tener que descargarlo. Aún así, si preferís leerlo en un libro electrónico, está en Itch.io de manera gratuita. Está tal cual lo escribí en 2019, lo único que he hecho ha sido corregir un par de cosas por formato (los pensamientos los había escrito en cursiva cuando en castellano se escriben entre comillas latinas).

La historia se me ocurrió al hacer un chiste sobre un técnico de redes que pescó un pez. En esta historia no hay peces, pero tampoco importa porque hay otros seres. Es el relato que dio pie a la novelette Ad Astra, ambientada en el mismo universo.

¡Espero que os guste!

_______

Miró las largas filas de comandos sin verlas del todo, dejando que la mezcla sin aparente sentido de números y letras se convirtiese en un borrón negro sobre fondo blanco. Hastiado, desvió la mirada hacia el otro monitor que había sobre su mesa, donde un esquema de la red en la que estaba trabajando ocupaba toda la pantalla. Cerró los ojos un instante antes de resoplar, cansado, mientras se reclinaba en la silla al tiempo que se pasaba las manos por la cara.

—El infierno es esto y no me lo habían dicho.

Miró su reloj, haciendo un rápido cálculo de las horas que aún le quedaban para irse a casa y resopló por segunda vez. Miró al infinito un momento, planteándose el ir a la máquina a por un café cuando una de las pantallas parpadeó. Alzó la mirada para fijarla en el monitor con un movimiento perezoso.

Había aparecido una ventana emergente, chiquitita, en una esquina. Levantó una ceja, entre curioso y perplejo, y se acercó para ver mejor; en ese momento, ésta comenzó a aumentar de tamaño, poco a poco, para mostrar lo que parecía ser el mar; pero no un mar tranquilo, apacible, bajo un cielo azul, no, aquel mar era un mar embravecido y enfadado bajo un cielo oscuro de tormenta. Pudo vislumbrar un pequeño barco de madera resistiendo valientemente el empuje continuo de las olas.

Refunfuñó una maldición, pensando que algún imbécil le había toqueteado el ordenador, y se dispuso a mover el puntero del ratón para cerrarla cuando, de repente, de la pantalla salió una gran cantidad de agua salada, empapándolo por completo.

Se levantó de golpe, escupiendo el agua que había tragado, y al abrir los ojos vio que estaba en la cubierta de un barco; pero no un yate blanco luminoso lleno de camareros con bandejas de canapés y margaritas, no: era un barco del siglo XVIII. Por alguna extraña razón, su mente le dijo que se trataba del pequeño barco que había visto en la ventana emergente de su monitor.

Miró a su alrededor, entre aterrado y confuso, buscando una salida de aquella situación mientras tiritaba al sentir los fríos aguijones de la lluvia; adondequiera que fijase la vista, sólo podía ver mar. Las maderas que componían el casco crujían con cada golpe atronador de las olas mientras que el olor a salitre inundaba todo a su alrededor. Un montón de marineros corrían de un lado a otro, aprovechando el viento favorable para desplegar todas las velas. Se llevó las manos a la cabeza, girando sobre sí mismo; aquello tenía que ser un sueño.

«Un sueño no, una jodida pesadilla.»

Un tipo malencarado, con el rostro lleno de cicatrices y aros en las orejas, el pelo sucio recogido en una cola de caballo, barba de varias semanas y un olor corporal que podría tumbar a un elefante, se paró a su lado y lo miró de arriba abajo, ligeramente sorprendido.

—¿Qué carajo estás haciendo ahí parado? —le espetó—. ¿No has oído al capitán, sardinilla? ¡Mueve el culo y ponte a asegurar esas drizas!

Lo miró un instante, parpadeando lentamente, tratando de entender qué le intentaba decir aquel tipejo; sabía que intentaba comunicarse y que hablaban el mismo idioma pero no comprendía una mierda.

—¿No me has oído, piltrafilla?

—Yo… no entiendo nada; sólo entiendo de redes…

El hombre malencarado se echó a reír, una risa desagradable, y se alejó de allí dando tumbos por el vaivén del barco; le gritó a otro marinero que pasó a su lado.

—¡Que dice que es experto en redes! ¡Dadle una y a ver si consigue la cena! ¡Los mares de Islandia están repletos de salmones, difícil será que no atrapes alguno!

Alguien le tiró una red encima y él braceó para intentar salir de debajo de ella, temiendo que algún anzuelo se le pudiera clavar. Miró aquella cosa con cierto pánico. ¿Qué pretendían que hiciera con aquello? ¿Tirarlo por la borda y esperar que los peces decidieran entrar y ya? Lo más probable que ocurriese es que la arrojase y se pescase a sí mismo.

Una voz de alarma hizo que levantase la mirada justo a tiempo de ver cómo una ola de enorme tamaño hacía un barrido por la cubierta, llevándoselo por la borda y cayendo al mar desde una altura considerable. Se sintió estúpido por pensar en que aquellos barcos eran más altos de lo que parecía en lugar de pensar en cómo diablos iba a salir de aquel enredo.

El golpe contra la dura superficie del mar le hizo soltar parte del aire de sus pulmones, regalándole un buen y ardiente dolor de espalda. Braceó para quitarse la red de encima y poder volver a respirar, pero era más grande de lo que parecía de manera que terminó malgastando oxígeno y hundiéndose como una piedra hacia el fondo. Alzó la mirada, con los ojos apenas abiertos por culpa del salitre del agua, y vio la luz del sol incidiendo en la superficie del mar.

«Ahora sales, maldita bola de gas», pensó con amargura mientras se sentía desazonado porque la superficie estaba demasiado arriba; pero quiso intentarlo de nuevo de manera que braceó para intentar quitarse la red de encima cuando escuchó un sonido parecido al de una ballena.

Miró a su alrededor, pensando en qué sería mejor, si morir ahogado o morir en las tripas de una ballena, pero no vio nada. Se escuchó una especie de risita y, a pesar de estar bajo el agua, sintió que el vello de la nuca se le ponía de punta. Giró de nuevo la cabeza y soltó una bocanada de aire al ver cómo el agua adquiría la forma de un rostro humanoide, con escamas pequeñas cubriendo toda la superficie y mostrando unos ojos almendrados de color negro, un color negro que abarcaba todo lo que era el ojo. Al rostro se le unió un cuello fuerte, una espalda ancha y unos brazos delgados pero fibrosos; una larga cola de pez comenzaba más o menos desde su cintura y una larga melena oscura flotaba por encima de su cabeza, dándole un aire irreal y aterrador al mismo tiempo.

La criatura sonrió, mostrando un par de hileras de dientes afilados y él pensó que morir ahogado le parecía menos doloroso que ser devorado por aquella criatura, pero ésta ladeó la cabeza mientras nadaba a su alrededor para mirarlo desde todos los ángulos. Comenzó a sentir dolor en los pulmones al no llegarle más oxígeno y su visión comenzó a volverse borrosa. Abrió la boca de manera inconsciente para poder respirar, pero sólo consiguió tragar agua, atragantándose. Tosió como acto reflejo y aquello sólo fue peor.

Alzó una mirada llorosa cuando la criatura lo tocó la barbilla con un dedo fino y afilado; deseó que lo matara allí mismo para que terminase con su sufrimiento pero aquel ser sonrió un poco más y desapareció de su vista. Cerró los ojos de nuevo, asumiendo que moriría en medio del mar sin saber siquiera cómo había llegado hasta él cuando sintió que la red se deslizaba por su cabeza hasta quedar libre. Abrió los ojos de nuevo y vio a la criatura soltando el aparejo; sin pensarlo mucho, reunió fuerzas y comenzó a nadar hacia la superficie.

No llegó muy lejos porque la extraña criatura lo sujetó por el tobillo. Negó con la cabeza y giró sobre sí misma con él hasta que lo soltó. Sin entender nada, sintió un fuerte golpe en la espalda cuando cayó sobre una superficie metálica. Tosió y dio varias bocanadas para recuperar el aliento. Se incorporó un poco, apoyado sobre los codos, sin entender una mierda y con el pecho y la garganta doliéndole horrores.

—¿Y tú de dónde sales? —dijo con lentitud una voz suave—. Ah, otro más de vosotros.

Alzó la mirada para ver lo que parecía ser una mujer; era muy alta, mucho más que él, y muy delgada, con los miembros más largos que los de un humano; no tenía pelo y su piel era de color verde muy claro. Sus ojos, grandes y de color amarillo, lo miraban con una mezcla de curiosidad, recelo y preocupación. Extendió uno de sus brazos largos para ofrecerle una mano de tres grandes dedos; él la miró un instante antes de cogerla y ser ayudado a incorporarse.

—No tienes pinta de ser un polizón.

Él sacudió la cabeza y la mujer alienígena ladeó la suya, pensativa.

—Quizá… no, no puede ser. Han sido muchos en poco tiempo.

Él la miró con atención y el ceño fruncido, preguntando a aquel ser con la mirada de qué mierdas estaba hablando.

—Sígueme. A ver si hay algo de tu talla que esté seco.

Caminaron por los largos pasillos de lo que parecía ser una nave espacial; su instinto le dijo que aquello era una locura, pero su parte racional intervino alegando que después de lo ocurrido en el mar tampoco podía ser tan descabellado. Miró por una de las ventanas y vio los fríos colores de una nebulosa mezclándose entre ellos en el espacio oscuro plagado de puntos blancos. Se detuvo, ensimismado, mirando boquiabierto y sintiéndose muy poquita cosa.

—Es curioso que los humanos tengáis siempre la misma reacción.

Se volvió hacia ella, sobresaltado.

—¿Hay más humanos en esta nave?

—Sólo tú.

Continuó caminando y él la siguió tras echar una última mirada por la ventana.

—Los humanos sois peculiares —comenzó a decir ella con suavidad—. Sois capaces de grandes cosas, pero siempre termináis haciendo las peores. Y a pesar de eso siempre os quedáis fascinados por la belleza de lo que os rodea.

—Parece que has conocido muchos humanos.

—Tres, en realidad, suficientes para poder ver más allá de vosotros en el tiempo. Te aliviará saber que todos ellos llegaron más o menos del mismo modo que tú. El primero de ellos acabó ensartado en una de mis manos, juzgado. La otra, encontró su sitio en una de las naves de exploración de Vakinsa.

—¿Por qué —comenzó a preguntar, pero se detuvo a tragar saliva— por qué mataste a uno y al otro no?

—Mató a varios de los nuestros —se limitó a responder—. El asesinato no está contemplado en nuestra cultura —luego lo miró mientras abría una puerta y le tiraba varias prendas—. Creo que eso te servirá.

Lo dejó solo para que se cambiase y él salió cuando hubo terminado.

—Yo sólo quiero volver a casa.

Ella se rió, su risa sonó como una campana de cristal.

—Me temo que ya no hay vuelta atrás. Sois una especie de humano que va saltando a través del espacio y del tiempo cuando se sienten listos para encontrar su lugar. Si has acabado aquí, es que éste es tu lugar.

—¿En medio de una nave de ali… de vosotros? —se corrigió con rapidez, temiendo que su vida acabase por la misma mano que le ayudó a levantarse.

—No tienes pinta de ser un soldado —ella comenzó a caminar de nuevo.

—Eso salta a la vista, sí —suspiró él, cansado; sólo quería una cama donde dejarse caer y dormir durante los próximos tres días—. Mi trabajo es… era gestionar las redes de varios sitios —ella lo miró sin comprender del todo—. ¿Ordenadores? ¿Chips y esas cosas?

—Aquí podrás aprender más cosas sobre esas —dijo, asintiendo con la cabeza—, si es lo que quieres. O puedes buscar algo diferente que te llame la atención y dedicarte a ello. Siempre que no infrinjas nuestras leyes.

—Tendré que empezar por ahí.

Ella asintió mientras continuaba comentándole las leyes principales de su cultura para que él no pudiera incumplirlas sin quererlo. Dejó de hablar cuando percibió que no le estaba prestando atención.

El hombre se había quedado mirando una especie de estanque en el que parecían flotar y nadar unas criaturas que brillaban en color blanco. Se acercó un poco más para verlas de cerca. Eran como una versión en miniatura de la mujer extraterrestre que le estaba haciendo de guía, pero con los ojos de un color azul tan intenso como los zafiros y con una melena blanca como su cuerpo.

—¿Qué son? —preguntó cuando ella se acercó a él, alzando una mano para tocar el cristal; una de aquellas criaturas se acercó con curiosidad y tocó uno de sus dedos con su manita, a través del cristal.

—Son unas criaturas pacíficas —respondió ella—. La gente las llama Shawe, o las estrellas caídas.

—¿Son estrellas? —preguntó él, atónito, pero se sintió estúpido tras formular la pregunta.

—No —ella se echó a reír—. Es una metáfora. Son bioluminiscentes y cuando se mueven crean una estela similar a la de las estrellas fugaces. Son leales, si consigues ganarte su confianza.

Él sonrió cuando vio que aquella criatura giraba sobre sí misma delante de su mano, sonriendo.

—Creo que a esa le has gustado. ¿Quieres llevártela?

—¿Qué? Pero, si no hablan, y ¿qué le doy de comer? ¿Cuáles son sus cuidados? —preguntó él con nerviosismo—. No creo que sea como cuidar un perro.

—No sé lo que es un perro, pero los Shawe se comunican con impulsos mentales, no tendrás problemas en cuidarla.

Volvió la mirada hacia el estanque y vio que la criatura subía y salía de él para colocarse en su hombro. Percibió una corriente en la nuca, como un susurro.

—Así que eres Oode.

—Ahora que ya estás acompañado, busquemos algo para ti.

Sintió la reconfortante presencia de Oode en su hombro mientras seguía a aquella mujer, dándose cuenta de que aún no sabía su nombre.

—Aún no sé cómo te llamas.

Ella se volvió y sonrió.

—Volkay. Me llamo Volkay.


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