Género: Ciencia ficción | Palabras: 2278 | Año: 2019 | Sin contenido sensible
Miró las largas filas de comandos sin verlas del todo, dejando que la mezcla
sin aparente sentido de números y letras se convirtiese en un borrón negro
sobre fondo blanco. Hastiado, desvió la mirada hacia el otro monitor que había
sobre su mesa, donde un esquema de la red en la que estaba trabajando ocupaba
toda la pantalla. Cerró los ojos un instante antes de resoplar, cansado,
mientras se reclinaba en la silla al tiempo que se pasaba las manos por la
cara.
—El infierno es esto y no me lo habían dicho.
Miró su reloj, haciendo un rápido cálculo de las horas que aún le quedaban
para irse a casa y resopló por segunda vez. Miró al infinito un momento,
planteándose el ir a la máquina a por un café cuando una de las pantallas
parpadeó. Alzó la mirada para fijarla en el monitor con un movimiento
perezoso.
Había aparecido una ventana emergente, chiquitita, en una esquina. Levantó una
ceja, entre curioso y perplejo, y se acercó para ver mejor; en ese momento,
ésta comenzó a aumentar de tamaño, poco a poco, para mostrar lo que parecía
ser el mar; pero no un mar tranquilo, apacible, bajo un cielo azul, no, aquel
mar era un mar embravecido y enfadado bajo un cielo oscuro de tormenta. Pudo
vislumbrar un pequeño barco de madera resistiendo valientemente el empuje
continuo de las olas.
Refunfuñó una maldición, pensando que algún imbécil le había toqueteado el
ordenador, y se dispuso a mover el puntero del ratón para cerrarla cuando, de
repente, de la pantalla salió una gran cantidad de agua salada, empapándolo
por completo.
Se levantó de golpe, escupiendo el agua que había tragado, y al abrir los ojos
vio que estaba en la cubierta de un barco; pero no un yate blanco luminoso
lleno de camareros con bandejas de canapés y margaritas, no: era un barco del
siglo XVIII. Por alguna extraña razón, su mente le dijo que se trataba del
pequeño barco que había visto en la ventana emergente de su monitor.
Miró a su alrededor, entre aterrado y confuso, buscando una salida de aquella
situación mientras tiritaba al sentir los fríos aguijones de la lluvia;
adondequiera que fijase la vista, sólo podía ver mar. Las maderas que
componían el casco crujían con cada golpe atronador de las olas mientras que
el olor a salitre inundaba todo a su alrededor. Un montón de marineros corrían
de un lado a otro, aprovechando el viento favorable para desplegar todas las
velas. Se llevó las manos a la cabeza, girando sobre sí mismo; aquello tenía
que ser un sueño.
«Un sueño no, una jodida pesadilla.»
Un tipo malencarado, con el rostro lleno de cicatrices y aros en las orejas,
el pelo sucio recogido en una cola de caballo, barba de varias semanas y un
olor corporal que podría tumbar a un elefante, se paró a su lado y lo miró de
arriba abajo, ligeramente sorprendido.
—¿Qué carajo estás haciendo ahí parado? —le espetó—. ¿No has oído al capitán,
sardinilla? ¡Mueve el culo y ponte a asegurar esas drizas!
Lo miró un instante, parpadeando lentamente, tratando de entender qué le
intentaba decir aquel tipejo; sabía que intentaba comunicarse y que hablaban
el mismo idioma pero no comprendía una mierda.
—¿No me has oído, piltrafilla?
—Yo… no entiendo nada; sólo entiendo de redes…
El hombre malencarado se echó a reír, una risa desagradable, y se alejó de
allí dando tumbos por el vaivén del barco; le gritó a otro marinero que pasó a
su lado.
—¡Que dice que es experto en redes! ¡Dadle una y a ver si consigue la cena!
¡Los mares de Islandia están repletos de salmones, difícil será que no atrapes
alguno!
Alguien le tiró una red encima y él braceó para intentar salir de debajo de
ella, temiendo que algún anzuelo se le pudiera clavar. Miró aquella cosa con
cierto pánico. ¿Qué pretendían que hiciera con aquello? ¿Tirarlo por la borda
y esperar que los peces decidieran entrar y ya? Lo más probable que ocurriese
es que la arrojase y se pescase a sí mismo.
Una voz de alarma hizo que levantase la mirada justo a tiempo de ver cómo una
ola de enorme tamaño hacía un barrido por la cubierta, llevándoselo por la
borda y cayendo al mar desde una altura considerable. Se sintió estúpido por
pensar en que aquellos barcos eran más altos de lo que parecía en lugar de
pensar en cómo diablos iba a salir de aquel enredo.
El golpe contra la dura superficie del mar le hizo soltar parte del aire de
sus pulmones, regalándole un buen y ardiente dolor de espalda. Braceó para
quitarse la red de encima y poder volver a respirar, pero era más grande de lo
que parecía de manera que terminó malgastando oxígeno y hundiéndose como una
piedra hacia el fondo. Alzó la mirada, con los ojos apenas abiertos por culpa
del salitre del agua, y vio la luz del sol incidiendo en la superficie del
mar.
«Ahora sales, maldita bola de gas», pensó con amargura mientras se sentía
desazonado porque la superficie estaba demasiado arriba; pero quiso intentarlo
de nuevo de manera que braceó para intentar quitarse la red de encima cuando
escuchó un sonido parecido al de una ballena.
Miró a su alrededor, pensando en qué sería mejor, si morir ahogado o morir en
las tripas de una ballena, pero no vio nada. Se escuchó una especie de risita
y, a pesar de estar bajo el agua, sintió que el vello de la nuca se le ponía
de punta. Giró de nuevo la cabeza y soltó una bocanada de aire al ver cómo el
agua adquiría la forma de un rostro humanoide, con escamas pequeñas cubriendo
toda la superficie y mostrando unos ojos almendrados de color negro, un color
negro que abarcaba todo lo que era el ojo. Al rostro se le unió un cuello
fuerte, una espalda ancha y unos brazos delgados pero fibrosos; una larga cola
de pez comenzaba más o menos desde su cintura y una larga melena oscura
flotaba por encima de su cabeza, dándole un aire irreal y aterrador al mismo
tiempo.
La criatura sonrió, mostrando un par de hileras de dientes afilados y él pensó
que morir ahogado le parecía menos doloroso que ser devorado por aquella
criatura, pero ésta ladeó la cabeza mientras nadaba a su alrededor para
mirarlo desde todos los ángulos. Comenzó a sentir dolor en los pulmones al no
llegarle más oxígeno y su visión comenzó a volverse borrosa. Abrió la boca de
manera inconsciente para poder respirar, pero sólo consiguió tragar agua,
atragantándose. Tosió como acto reflejo y aquello sólo fue peor.
Alzó una mirada llorosa cuando la criatura lo tocó la barbilla con un dedo
fino y afilado; deseó que lo matara allí mismo para que terminase con su
sufrimiento pero aquel ser sonrió un poco más y desapareció de su vista. Cerró
los ojos de nuevo, asumiendo que moriría en medio del mar sin saber siquiera
cómo había llegado hasta él cuando sintió que la red se deslizaba por su
cabeza hasta quedar libre. Abrió los ojos de nuevo y vio a la criatura
soltando el aparejo; sin pensarlo mucho, reunió fuerzas y comenzó a nadar
hacia la superficie.
No llegó muy lejos porque la extraña criatura lo sujetó por el tobillo. Negó
con la cabeza y giró sobre sí misma con él hasta que lo soltó. Sin entender
nada, sintió un fuerte golpe en la espalda cuando cayó sobre una superficie
metálica. Tosió y dio varias bocanadas para recuperar el aliento. Se incorporó
un poco, apoyado sobre los codos, sin entender una mierda y con el pecho y la
garganta doliéndole horrores.
—¿Y tú de dónde sales? —dijo con lentitud una voz suave—. Ah, otro más de
vosotros.
Alzó la mirada para ver lo que parecía ser una mujer; era muy alta, mucho más
que él, y muy delgada, con los miembros más largos que los de un humano; no
tenía pelo y su piel era de color verde muy claro. Sus ojos, grandes y de
color amarillo, lo miraban con una mezcla de curiosidad, recelo y
preocupación. Extendió uno de sus brazos largos para ofrecerle una mano de
tres grandes dedos; él la miró un instante antes de cogerla y ser ayudado a
incorporarse.
—No tienes pinta de ser un polizón.
Él sacudió la cabeza y la mujer alienígena ladeó la suya, pensativa.
—Quizá… no, no puede ser. Han sido muchos en poco tiempo.
Él la miró con atención y el ceño fruncido, preguntando a aquel ser con la
mirada de qué mierdas estaba hablando.
—Sígueme. A ver si hay algo de tu talla que esté seco.
Caminaron por los largos pasillos de lo que parecía ser una nave espacial; su
instinto le dijo que aquello era una locura, pero su parte racional intervino
alegando que después de lo ocurrido en el mar tampoco podía ser tan
descabellado. Miró por una de las ventanas y vio los fríos colores de una
nebulosa mezclándose entre ellos en el espacio oscuro plagado de puntos
blancos. Se detuvo, ensimismado, mirando boquiabierto y sintiéndose muy
poquita cosa.
—Es curioso que los humanos tengáis siempre la misma reacción.
Se volvió hacia ella, sobresaltado.
—¿Hay más humanos en esta nave?
—Sólo tú.
Continuó caminando y él la siguió tras echar una última mirada por la ventana.
—Los humanos sois peculiares —comenzó a decir ella con suavidad—. Sois capaces
de grandes cosas, pero siempre termináis haciendo las peores. Y a pesar de eso
siempre os quedáis fascinados por la belleza de lo que os rodea.
—Parece que has conocido muchos humanos.
—Tres, en realidad, suficientes para poder ver más allá de vosotros en el
tiempo. Te aliviará saber que todos ellos llegaron más o menos del mismo modo
que tú. El primero de ellos acabó ensartado en una de mis manos, juzgado. La
otra, encontró su sitio en una de las naves de exploración de Vakinsa.
—¿Por qué —comenzó a preguntar, pero se detuvo a tragar saliva— por qué
mataste a uno y al otro no?
—Mató a varios de los nuestros —se limitó a responder—. El asesinato no está
contemplado en nuestra cultura —luego lo miró mientras abría una puerta y le
tiraba varias prendas—. Creo que eso te servirá.
Lo dejó solo para que se cambiase y él salió cuando hubo terminado.
—Yo sólo quiero volver a casa.
Ella se rió, su risa sonó como una campana de cristal.
—Me temo que ya no hay vuelta atrás. Sois una especie de humano que va
saltando a través del espacio y del tiempo cuando se sienten listos para
encontrar su lugar. Si has acabado aquí, es que éste es tu lugar.
—¿En medio de una nave de ali… de vosotros? —se corrigió con rapidez, temiendo
que su vida acabase por la misma mano que le ayudó a levantarse.
—No tienes pinta de ser un soldado —ella comenzó a caminar de nuevo.
—Eso salta a la vista, sí —suspiró él, cansado; sólo quería una cama donde
dejarse caer y dormir durante los próximos tres días—. Mi trabajo es… era
gestionar las redes de varios sitios —ella lo miró sin comprender del todo—.
¿Ordenadores? ¿Chips y esas cosas?
—Aquí podrás aprender más cosas sobre esas —dijo, asintiendo con la cabeza—,
si es lo que quieres. O puedes buscar algo diferente que te llame la atención
y dedicarte a ello. Siempre que no infrinjas nuestras leyes.
—Tendré que empezar por ahí.
Ella asintió mientras continuaba comentándole las leyes principales de su
cultura para que él no pudiera incumplirlas sin quererlo. Dejó de hablar
cuando percibió que no le estaba prestando atención.
El hombre se había quedado mirando una especie de estanque en el que parecían
flotar y nadar unas criaturas que brillaban en color blanco. Se acercó un poco
más para verlas de cerca. Eran como una versión en miniatura de la mujer
extraterrestre que le estaba haciendo de guía, pero con los ojos de un color
azul tan intenso como los zafiros y con una melena blanca como su cuerpo.
—¿Qué son? —preguntó cuando ella se acercó a él, alzando una mano para tocar
el cristal; una de aquellas criaturas se acercó con curiosidad y tocó uno de
sus dedos con su manita, a través del cristal.
—Son unas criaturas pacíficas —respondió ella—. La gente las llama Shawe, o
las estrellas caídas.
—¿Son estrellas? —preguntó él, atónito, pero se sintió estúpido tras formular
la pregunta.
—No —ella se echó a reír—. Es una metáfora. Son bioluminiscentes y cuando se
mueven crean una estela similar a la de las estrellas fugaces. Son leales, si
consigues ganarte su confianza.
Él sonrió cuando vio que aquella criatura giraba sobre sí misma delante de su
mano, sonriendo.
—Creo que a esa le has gustado. ¿Quieres llevártela?
—¿Qué? Pero, si no hablan, y ¿qué le doy de comer? ¿Cuáles son sus cuidados?
—preguntó él con nerviosismo—. No creo que sea como cuidar un perro.
—No sé lo que es un perro, pero los Shawe se comunican con impulsos mentales,
no tendrás problemas en cuidarla.
Volvió la mirada hacia el estanque y vio que la criatura subía y salía de él
para colocarse en su hombro. Percibió una corriente en la nuca, como un
susurro.
—Así que eres Oode.
—Ahora que ya estás acompañado, busquemos algo para ti.
Sintió la reconfortante presencia de Oode en su hombro mientras seguía a
aquella mujer, dándose cuenta de que aún no sabía su nombre.
—Aún no sé cómo te llamas.
Ella se volvió y sonrió.
—Volkay. Me llamo Volkay.
No hay comentarios:
Publicar un comentario